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La búsqueda detrás del Hip-Hop

El décimo sexto festival de Hip-Hop al Parque se realizó en Bogotá. Se presentaron artistas locales e internacionales, entre ellos, cantantes, grafiteros y break dancers. Balile, música, ritmo y batallas dentro y fuera del escenario en busca de inclusión.

“Son vándalos por hacer el arte de la noche,
Son vándalos por saltar sistemas que corrompen,
Son vándalos reconocidos en las esquinas”

Corean en una sola voz, casi todos los asistentes al Parque Metropolitano Simón Bolívar, cuando el grupo bogotano Aerophone Crew canta el estribillo de su canción: “El arte de la noche”. Al mismo tiempo, los raperos mueven su brazo derecho al son del golpe, arriba y abajo, simulando una marejada producida por el rap. Sobre estas olas humanas se ve una capa de humo que tiene un olor inconfundible, el de la marihuana. Esto se debe a que muchos de los amantes al hip-hop, mientras ondean una de sus manos sostienen el “porro” con la otra. Así se alcanza a ver cómo al cantar, el humo sale y se mezcla con el ambiente del parque.

Esta edición del festival albergó a mas de 100mil asistentes. Hombres y mujeres de entre 13 y 35 años. Vestidos con zapatos anchos; gorras de equipos de basquetball de Estados Unidos; chaquetas y buzos dos tallas más grandes que aprovechan para guardar los “moños de bareta” y las papeletas de cocaína. Por su parte las niñas van muy maquilladas. Con cintas de colores en el pelo y pantalones en la cadera que dejan ver su ombligo. Varias van de acompañantes de algún chico, pero otras caminan con sus amigas.

A esto hace referencia Diana Avella, cantante y presentadora del festival, al decir: “queremos un rap que no sea el mismo, un rap incluyente”, pues hay grupos de mujeres que cantan y bailan. Hacen parte del movimiento, van solas porque quieren escuchar rap y gritan cuando Avella dice: “levanten las manos las mujeres que vinieron porque se les dio la gana de escuchar Hip Hop”.

Afuera, en la Avenida 68 con calle 63, el mensaje de inclusión no le llega a los policías. Los guardias llenan las celdas de los tres camiones que están dispuestos a alejar a los problemáticos del festival.

Adentro de la jaula rodante se escucha a los presos gritar: “tenemos familia, que no nos lleven”, “yo no hice nada”. A los pocos minutos se escucha: “no le pegue” por parte de prisioneros y transeúntes, pues un policía golpea a un joven que no se deja encarcelar. Al agente le llueven piedras y botellas, además de reiterados insultos que de un momento a otro se convirtien en gritos de alegría, pues los presos logran escapar, aunque la dicha no dura mucho, pues carabineros y uniformados de a pié se mueven ágilmente, recapturando a los fugitivos y encerrándolos en el furgón que, sin demora, arrancó.

De vuelta en el escenario, el grupo La interperie se queja del sonido del concierto y antes de salir de escena grita: “esto es arte mi soo”.

En ese instante salen de nuevo los presentadores y anuncian un enfrentamiento, lleno de arte y movimiento. Saltan a la tarima los grupos “selección Bogotá” y “Havikoro” de Estados Unidos. Ellos son B-boys, es decir breakdancers, bailarines que danzan al son del sctrach, que es el sonido que produce un disco de vinilo contra una aguja. Un, dos tres, la canción suena y se escucha: “ya”, uno de los bogotanos entra a escena, salta, cae al piso y empieza a girar sobre su cabeza, después se levanta y hace una seña que provoca al gringo. Este empiece a dar pasos cortos, hace un mortal hacia atrás y se apoya sobre sus codos.

Justo el mismo movimiento lo realiza un joven que está en las gradas. Mueve sus piernas como las manecillas del reloj, se eleva, toca su gorra y dice; “no te da, no tenés nada”. Las palabras las oye un hombre de corta estatura, que a penas sonríe y se acomoda la pañoleta que tiene en la cabeza. Al igual que en la tarima, la batalla está en las gradas, hay más de cinco grupos en donde breakers danzan al sonido del bit. Tras diez minutos, la atención vuelve al escenario pues, luego de una histeria, los asistentes dictaminaron como ganadores a la “selección Bogotá”.

Mientras que se anuncia al ganador, un grafitero continúa pintando una pared que la alcaldía le brindó. De lo que ha rayado se lee: “somos iguales”. Justo al lado de él, en medio de un círculo de personas, dos jóvenes maniobran la pelota de basquetball. Se driblan, manotean, amagan, esconden la pelota, en fin, luchan. Cada una de las fintas que hacen terminan acompañadas de una algarabía que da por concluido el encuentro. Antes de finalizar, los enfrentados se abrazan, mientras que otro raper toma el balón y reta al ganador.

Todo con el sonido de la música de fondo.

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Por Gabriel Forero Oliveros
Estudiante de la Facultad de
Comunicación Social -Periodismo

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